Las paredes se cierran sobre ti, hay una correa invisible en tu garganta que empieza a apretar y te está ahogando. Hay demasiada gente. Hay demasiado ruido. Por un momento te vacilan los sentidos y la realidad se distorsiona. Casi pierdes el equilibrio. Te tienes que agarrar a algo, porque te caes.
Entre todo el jaleo tu corazón se ha disparado, aunque nadie lo nota, pero a ti te laten las sienes y te cuesta respirar.
No piensas nada coherente, sólo hay una cosa, salir. Tienes que salir de allí, como sea. Ya.
Te mueves un poco torpe. Le mascullas algo a alguien, que vas al servicio, que es un mareo leve. Lo expresas con un gesto y terminas de arrancar ignorando las preguntas. Nadie te va a seguir, todavía no, cuentas con ventaja. Ahí está la clave.
Nada más esquivas el barullo, creyendo a ratos que no lo conseguirías, andando cada vez un poco más rápido, llegas a la puerta y sales a fuera. El sonido se tapona, tus oídos lo echan en falta.
Pero estás fuera. Estás fuera, pero no del todo, aún te queda ir lejos. Donde ya si que no puedan alcanzarte. No estás lejos del peligro. Estás fuera pero no lo suficiente.
Giras la esquina y chocas el hombro con el de un camarero. Debe ser un camarero, porque se ha roto un cristal.
No te has parado a mirarlo, a ayudar, aunque puede que te hayas disculpado. Puede que en tu cabeza.
Y tus piernas por fin empiezan a funcionar.
Corres. Corres cada vez más rápido. De alguna manera has bajado esos pisos sin que nadie te intercepte y has dejado atrás el edificio. Ahora sí que nadie puede verte, ni cogerte. Pero sigues corriendo.
Una vez empiezas no se puede parar. La adrenalina, quizás sea eso, si es así te está poseyendo, porque cada célula de tu cuerpo te pide que aceleres.
Acelera, acelera. Más rápido. A nadie le da tiempo a girarse cuando te ven pasar, porque llevas la velocidad adecuada. Las aceras están bien, pero sigue habiendo mucha gente, demasiados coches, demasiado de todo.
No paras hasta que llegas a la playa. No paras cuando corres por la orilla y te llenas los zapatos de agua y arena. El sol se ríe de ti porque está quieto, le da igual lo que corras, no puedes escapar de él.
Pero se irá pronto. Porque ya casi es de noche. Se puede huir de todo. De alguna manera, sí, se puede.
Lo sabes. Lo haces. Lejos. Deprisa.
El sudor te resbala bajo la ropa, el pelo se te ha pegado a la frente y aún así te sientes ligero. Calmado, cada vez más calmado. El ritmo es regular. Ya se te ha pasado ese miedo que te ha obligado a huir. Ahora sólo quedan unos cuantos escalofríos. Tus pies van más despacio. Pisan ahí, y aquí, un poco más cerca. Andan. Paras. Te das la vuelta y miras.
No hay nadie, estás solo, nadie te persigue. Las olas burbujean tranquilas. Todo es correcto. Todo va bien.
Respiras, hay aire.
Respiras.
Respiras.
1 comentario:
Este es ese tipo de relatos en los que empiezas a leer y no paras hasta que llegas a la última palabra.
«Respiras».
Y respiras, porque te metes dentro. Y la sensación con la que te quedas es la sensación con la que se queda el personaje.
(Y te das cuenta de que tú también tienes ganas de huir).
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